Quiére(te)

 

Los días son grises desde que te fuiste. Te levantabas cada mañana e intentabas no hacer ruido hasta llegar a mi cuarto, porque siempre te ha gustado ser la primera en darme los buenos días, y siempre tirándote encima de mi cama y comiéndome a besos. Decías que era importante saber empezar bien los días, y que, hacerme reír, para ti, era la mejor forma. Yo nunca he tenido muy buen despertar, pero contigo no había día que me faltase una sonrisa. Y si con los besos y cosquillas no lo conseguías, nunca faltaba mi taza de leche caliente encima de la mesa al lado de cuatro galletas, porque sabías que mi desayuno favorito era esencial para empezar con buen pie el día. Te sentabas a mi lado y esperabas a que yo te dijese lo cansada que estaba o los nervios que me comían por dentro antes del examen. Siempre tenías algo bueno que decir contra todas mis quejas y, de una forma u otra, conseguías que saliera de casa con ganas de comerme el mundo.

Llevo meses pensando en cómo decirte que te echo de menos. Supongo que nunca me imaginé que dejases de aparecer todas las mañanas por mi puerta con esa alegría tan tuya, y ahora siento que me falta algo cada vez que me suena el despertador y no eres tú. Has dejado de buscar el lado bueno de las cosas y mucho menos de dármelo a mí. He cambiado el vaso de leche por un café porque ya no me anima igual si no te sientas a tomártelo conmigo, y ni si quiera abro el paquete de galletas. Es como si el mundo hubiese dado un vuelco y todo se hubiese quedado del revés; que hayas pasado de comerte el mundo a dejar que él te coma a ti.

Hace semanas que no sales a abrazarme cuando llego de clase ni me dices que tenías ganas de verme o lo larga que se te había hecho la mañana sin mí. Llego a casa y no eres capaz de dedicarme una sonrisa sincera, porque ni siquiera te quedan para ti. Te tienes tan olvidada que es como si eso te hubiera ido matando poco a poco. Y he de admitir que lo llevo notando bastante tiempo, pero al principio ni siquiera era capaz de creérmelo.

Os oía discutir y lo dejaba pasar dando por hecho que era normal, pero las cosas se empezaban a complicar cuando él terminaba la discusión pegando un portazo y yéndose de casa. Entonces tú me decías desde el pasillo que te ibas a duchar y te encerrabas a llorar en el baño más de media hora. Aunque poco a poco ni siquiera me lo decías porque sabías que te iba a temblar demasiado la voz, y no querías que te viera así, pero yo escuchaba cómo te derrumbabas y no podía evitar entrar y abrazarte. Y sé que es poco, sé que he sido muy cobarde de no haberte preguntado cómo estabas o si necesitabas algo, pero era la primera vez que te veía llorar, y créeme que desde ese momento supe lo que es que alguien te importe de verdad; cuando su dolor te afecta más que todos los tuyos propios juntos. Eres la persona más importante de mi vida, y verte tan hundida me ha hecho darme cuenta de que sería capaz de regalarte mi vida con tal de poder sacarte una mínima sonrisa. Así entendí que la vida es siempre más injusta con quien más quieres.

Pero de alguna forma no quería creerme que fuese él quien te provocase esta situación. Así que, poco a poco, fui dejando que pasaran los días, hasta que te pillé tapándote con maquillaje un ojo morado, que enseguida me excusaste diciendo que te habías dado un golpe contra un mueble de casa. Llevo intentando escribirte esta carta desde aquel momento.

Ese mismo día, cuando te fuiste a trabajar, miré en tus cajones y vi un sobre con varios partes del hospital por contusiones o heridas graves. En todos parecía que dabas alguna justificación pero yo ya no me las creía. Llevo un mes sin dormir bien desde que encontré esos papeles, y no ha habido una sola noche que no te haya escuchado llorar desde mi cuarto.

Pero sin duda alguna, no terminé de abrir los ojos hasta que no escuché como en medio de una de vuestras discusiones más fuertes te decía: lo hago porque te quiero. Entonces, fue justo en ese momento cuando lo entendí todo; habías dejado de quererte. Has permitido que tu miedo se convierta en monotonía y has admitido que forma parte de ti. Has dejado completamente olvidado el verdadero significado de la palabra “amar” y ya no va ligado al respeto ni a la confianza. Pero, lo más importante; no te das cuenta de que lo esencial radica en saber que tienes que quererte a ti misma. Porque, si no te quieres, no es que no te vayan a querer; es que van a quererte mal.

Y, por eso, he conseguido reunir el valor suficiente como para escribir esta carta. Porque te quiero, mamá. Quiero darte mi fuerza por toda la que has dejado que él te quite y quiero que sepas que no estás sola ni pienso dejar que lo estés. Tú me has enseñado que la vida puede ponerte las cosas muy complicadas a veces, pero que si no das opción a rendirte, no podrá contigo. Que de quien te haga daño te tienes que alejar porque no te merece, y que ser uno mismo es uno de los mayores regalos que te puedes hacer. Quiero susurrarte que eres la suerte de mi vida todas las veces que haga falta hasta que los gritos que él te ha dado se queden en sonidos sordos. Porque tú siempre me has dicho que cada persona guarda dentro de sí misma una esencia propia, que es con lo que nace, la que le hace ser y le define; y yo, hoy, tengo que confesarte que eres mi esencia propia.

Por eso no me cabe duda de que saldremos de esta, porque estamos juntas, y no pararé hasta que entiendas que uno siempre es fuerte si le queda una razón por la que luchar. Y tú tienes la razón más bonita; eres tú misma.

Hoy, mamá, quiero recordarte quién eres.

© Lucia Ramo Alameda. Alicante, 25 de Noviembre

2 respuestas a “Quiére(te)”

  1. Que alguien le de el premio Miguel de Cervantes a esta chica, por favor.

    1. Totalmente de acuerdo, María. Nos enorgullece haber contribuido, aunque sea mínimamente, a fomentar el reflejo estilístico de tanta sensibilidad.

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