Nunca más

 

Mónica

Imagina que tú, a los veinte años, sales con alguien especial, alguien que parecía ser el amor de tu vida.

En el momento que visualices eso, imagina que esa persona a la que amas con locura, comienza a pegarte, a machacarte. Piensa que, esa persona en la que confías plenamente, empieza a mirarte con odio. Tú no puedes hacer nada, ni pensar, ni soñar. Cualquier cosa estará mal. Entonces comienzas a sentir dolor, mucho dolor. Crees que tu pecho te va a explotar, y hasta respirar hace que te rompas en pedazos. No puedes hablar. No puedes vivir.

Imagina que te sientes como una muñeca, vacía y sin vida. Y en verdad, para él, solo eres eso. Te vistes como él quiere, cuando él quiere y dónde él quiere. No le importa golpearte contra la pared y machacarte, ya que, para él, solo eres un juguete, su juguete.

Y ahora, te pregunto:

“¿Has sido capaz de ponerte en mi lugar?”

Mario

Estoy esperándola, y ya llega cinco minutos tarde. Yo odio la impuntualidad. ¿Acaso quiere enfadarme?

Al cabo de un tiempo, la veo. Lleva puesta una minifalda cortísima y una camiseta fosforita. Esta muy guapa, demasiado, ¿qué pretende? ¿Pretende ir provocando a todo el mundo? ¿Quiere atraer a otros tíos? Pero, ¡¿QUE HACE?!

Siento como mi ira va subiendo poco a poco, y no la puedo frenar. El odio me agarra intensamente y hace que quiera quitarle a la fuerza su vanidad y sus ganas de provocar. No puede ir así, no lo permitiré.

Se sigue acercando, y me sonríe. ¿POR QUÉ ME SONRÍE? No puede ir sonriendo a todo el mundo, y menos vestida así. ¿Sonríe para ligar con otros? ¡¿ESTÁ LOCA?! ¿Quién se cree que es?

⎯ Perdón por el retraso. Mi hermana ha perdido el bus y he tenido que llevarla yo. – me dice como si tal cosa. Como si no fuese vestida como una prostituta.

Yo, sin pensármelo dos veces, la arrastro hacia mi coche y cierro la puerta con fuerza.

⎯ Por qué vas vestida así. – le digo sin mirarla a la cara. Es una pregunta, pero lo digo como una afirmación. Ella me mira sorprendida, como si le hubiese lanzado un cuchillo o algo por estilo. Madre mía, que exagerada es. Me pone de los nervios.

⎯ ¿Qué? – me pregunta.

Estoy empezando a pensar que mi novia es sorda, además de estúpida. La tengo a medio metro y no me oye. ¿Se puede saber que le pasa? ¿INTENTA ENFADARME? Otra vez siento como mi odio y mis nervios van creciendo.

Me giro hacia ella y la miro intensamente, fulminándola con la mirada.

⎯ ¡¿SE PUEDE SABER QUE TE PASA?! ¡LLEGAS TARDE Y ENCIMA TE HACES LA SORDA! ¿POR QUÉ VAS VESTIDA ASÍ? – le grito mientras me voy acercando más a ella, para imponer respeto.

Me mira con la boca abierta, asombrada. Pero, ¿qué quería que hiciese? ¿Qué viniese así vestida y no le dijese nada? Eso no va a pasar. Aquí mando yo.

⎯ Mario, voy vestida normal, como todas. – me responde con los ojos fríos, mientras se mira la ropa.

⎯ ¿NORMAL? ¿PARA TI ESTO ES NORMAL? – le grito mientras le señalo sus muslos desnudos. – ¿QUIÉN TE COMPRA LA ROPA? ¿TU NUEVO NOVIO? ¿TIENES OTRO NOVIO? – le digo mientras la agarro del pelo. Mi ira esta descontrolada, pero no puedo hacer nada.

Ella grita, mientras intenta apartarse. Pero no puede zafarse de mí, soy superior a ella. Mónica, sin embargo, me mira indefensa, haciéndose la víctima. Intenta ablandarme, para que no le imponga mi fuerza. Pero no voy a caer tan bajo, sus ñoñerías no me afectan. Así que, decidido, le tiro del pelo con odio, acercándola más a mí. Me sigue mirando con esa carita de niña pequeña, y me pone de los nervios. No sé por qué me observa así, yo esto lo hago por su bien, para que no vaya provocando a los pervertidos que se encuentre por el camino. Si no le corrijo, los tíos se abalanzarán sobre ella como pájaros a por pan, y eso no puedo permitirlo.

Le vuelvo a tirar del pelo, a la vez que le doy bofetadas en la mejilla y le recrimino todo lo que odio de su maldita ropa. Ella se queja, pero no consigue nada, solo irritarme cada vez más. Sigo pegándole varios minutos, hasta que, al final, considero que ya ha aprendido la lección. Nada más soltarla, Mónica me mira con unos ojos extraños, como si tuviese miedo. Después sale corriendo del coche, mientras tristes lágrimas brotan de sus ojos. Yo la miro, no sé qué pensar. Tan solo sé que no se volverá a poner esa ropa, ha aprendido la lección.

Debo alegrarme… ¿no?…

Sara

Hace tiempo, cuando tenía ocho años, me enfadé muchísimo con mis padres. No paraba de llorar, y me sentía la más desgraciada del universo. Nadie me entendía.

Al cabo de unas horas, le comenté lo ocurrido al abuelo, la única persona que parecía escucharme. Él me dijo algo que se me quedó grabado en la mente, algo que sentí que necesitaría saber toda la vida.

Lo recuerdo sentado en una silla, mientras miraba la ventana, pensativo.

⎯ Sara, ahora mismo, hay miles de niños como tú enfadados con sus padres, y todos creen que nadie les entiende, que nadie les valora. Pero, allá fuera, da igual hacia donde vayas, siempre habrá alguien en peores situaciones. Alguien que, al conocerle, pensarás que tus problemas no tienen importancia, que los suyos son mucho peores. Sara, da igual de que raza sea o de que país, pero siempre habrá alguien que sufre más que tú, siempre.

Al escuchar tal monólogo, me sentí egoísta. Sentí que mis problemas no eran tan graves como yo creía, que solo eran algo pasajero.

Ahora, al ver a mi hermana Mónica día a día, veo como las palabras de mi abuelo cobran sentido. La veo llorar y retorcerse, hundida en su propio infierno. Luego me miro a mí, con once años y con una vida magnífica. Después de compararme, siento que mis problemas no son problemas, solo pequeñas piedras a las que tengo que esquivar.

Yo quiero ayudar a mi hermana, pero tengo miedo. Tengo miedo de él, de Mario, el cual está hundiéndole la vida a Mónica.

Hay veces que estoy durmiendo en mi habitación y empiezo a oír gritos en el portal. En esos momentos me asusto muchísimo y ya no cierro los ojos en toda la noche. Mamá no sabe nada de Mario, ya que casi no nos ve, se pasa el día trabajando.

Pasa el tiempo y cada vez va a peor. Ella necesita alejarse de Mario, pero, por más que se lo digo, Mónica me ignora y me ruega que no diga nada. ¿Por qué? ¿Por qué no puede separarse de él?

A pesar de todo, la entiendo. Tal vez sea porque leo demasiado, pero creo que sé por qué no puede librase de él. Mónica tiene miedo de Mario, sin embargo, por más que ella lo niegue, sigue queriéndole…

Acabo de escuchar un golpe, viene de la escalera. Rápidamente, me asomó al portal y observo la escena. Mi hermana está al pie de la escalera, tapándose la cara con las manos. Mario está a su lado, de pie y con los puños cerrados. Primero le da una patada en la espalda, que hace que Mónica se retuerza de dolor. No puedo soportar ver esto, siento un nudo en mi garganta y noto unas ganas tremendas de llorar.

Sigo de pie en la puerta y Mario me ve. Me observa confuso y notó una chispa de odio en su mirada. Me encojo de miedo. Después se da la vuelta y se va corriendo.

Rápidamente, bajo hasta donde está Mónica e intento levantarla, pero no puedo. Al pasar unos segundos, me rindo, y le pregunto si puede levantarse sola. Pero no responde. Yo, alarmada, le doy la vuelta y le miro la cara, tiene una herida en la frente, que gotea. El corazón me da un vuelco. No puede estar…

Le agarro la muñeca y le tomo el pulso. Está viva. Siento como el alivio me recorre el cuerpo. Pero no me relajo, así que voy a casa y, decidida llamo a una ambulancia, que llega en escasos minutos. Acto después, tras estar vacilando un rato, marco el número de la policía, dispuesta de contar cada detalle de lo ocurrido hasta ahora.

Lo digo todo. Todo.

Estoy harta de ver sufrir. Si ella sufre, yo sufro.

Si ella sangra, yo siento su dolor.

Si ella sonríe, me alegro de que, por fin, hemos vencido a la violencia de género y al falso poder de los hombres. Y que, aunque haya gente cruel, siempre hay mujeres que protegen sus derechos y viven felices.

Felicidad, aquello que, por más que otros quieran destruirla, tú siempre tienes que tenerla a tu lado, marcando esa bonita sonrisa que, aunque quieran, nadie te puede quitar.

© Lucía Zurita Bustos. Alicante, 8 de marzo de 2017

2 Replies to “Nunca más”

  1. En todos los relatos que tratan de este tema, o de otro emparentado – el del acoso escolar – se reitera la palabra “miedo”, pues es el auténtico tirano al que se someten, enajenadas, las víctimas de estas trágicas situaciones.
    Son muchas las veces que he intentado fomentar en los chicos el enfrentamiento a ese terrible enemigo, como única forma de afrontar la vida adulta, y no siempre consigo los resultados deseados, lo que me induce a reflexionar sobre cómo unos jóvenes, tan desinhibidos en muchos aspectos, carecen del valor que de ellos se espera en las situaciones más alarmantes.

  2. Enhorabuena Lucia sabes transmitir a los demas muy bien cada emoción no todo el mundo tiene esa capacidad….ese don pero tu esta claro que lo tienes

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