No alimentes al monstruo

El machismo me oprime, me vuelve invisible, y me hace daño. Golpea cada uno de mis huesos. Huesos frágiles, desde la perspectiva del monstruo, y a veces, de la mía propia, porque me arrastraron hasta aquí, gritando: “No eres nada (te quiero débil y sumisa)”. Así, hasta que retumbara en mis ochenta y seis mil millones de neuronas.

Un monstruo que no está debajo de la cama; mucho peor, lo tengo encima, acompañándome en mi rutina, fines de semana y vacaciones. No se toma descansos y, sin embargo, pretende sacar fuerzas para arrancarme de cuajo mis gafas moradas, con la estrategia de rogar clemencia cuando me escucha gritar y se percata de que mi voz hace eco. Tiene miedo de que empiece a llover, para él, lo que está lloviendo para mí.

Se me reprocha que “para mí todo es machismo” por parte de las mismas bocas que me gritan atrocidades cuando estoy sola en la calle a altas horas de la noche, y que tienen en alerta a mi madre, que no se puede ir a dormir sin asegurarse de que he llegado a casa sana y salva, pues sabe de sobra, al igual que yo, que existe la posibilidad de que no vuelva.

Esas bocas que me miran de arriba abajo con descaro, sea cual sea mi vestimenta, e independientemente de si mi cuerpo responde o no a la tiranía estética que se me ha impuesto por ser mujer.

Esas que me observan cuando le doy un beso a mi chica y, a continuación, espetan que los estamos provocando, como si nuestra vida girase entorno a la mente misógina que nos hipersexualiza, cosifica y ningunea.

Las que, desde pequeña, me han metido en la cabeza la idea de que necesito encontrar a mi príncipe. Él me salvará. Nunca me respondieron cuando pregunté: “¿Por qué no puedo salvarme yo?”

Las que me permiten la entrada gratuita a las discotecas, porque me ven  como el producto.

Las que intentan silenciarme.

Las que me llaman radical cuando reclamo una revolución feminista que es necesaria.

Las que de pequeña me comieron el coco diciéndome que el feminismo es innecesario; que los hombres también están oprimidos.

Me ha tocado a mí sola darme cuenta de que el feminismo solo busca liberarme, que no es lo mismo el feminismo que la misandría, y que, a pesar de que ésta exista, ni por asomo se iguala con la misoginia respaldada y aprobada por esta sociedad heteronormativa y patriarcal.

Las que se ven en el derecho de ponerme la mano encima, controlarme como una marioneta, abusar de mí y hasta matarme si les place, como han hecho con las veintitrés mujeres asesinadas en lo que llevamos de 2017.

Las que me hacen sentir miedo, culpa y hasta vergüenza, cuando alzo la voz diciendo que me merezco ser libre. Rectifico: Que soy libre. El patriarcado no me permite gozar de mi derecho a la libertad.

No soy rebelde ni desobediente. Soy la conciencia que camina con las espadas fuera, y no bajaré la guardia hasta ver libres a cada una de mis hermanas; esas que el terrorismo patriarcal me ha hecho ver como competencia para la aprobación masculina

No soy una guarra. Primordialmente porque me lavo; porque mi cuerpo no es un objeto sexual, ni un calentón en tu entrepierna. No soy para consumo masculino. Soy mía. Mi cuerpo es mío. Y seré yo quien mande y quien decida sobre mí.

No lucho el 25 de noviembre y el 8 de marzo sino todos los días del año, pues no existe un solo día en que el machismo no cause estragos.

Estamos tan acostumbrados a los micromachismos que los hemos normalizado en nuestras vidas, cuando es un germen descontrolado que hace crecer al monstruo.

No son “Cuatro locos” los que violan y matan así porque sí. Se trata de la consecuencia de una sociedad patriarcal que no es cuestionada en ningún medio de comunicación, y que incita al hombre a vernos como “cosa”, en vez de como “persona” , y,  por tanto, se considera con derecho para manejarnos a su antojo.

Las mujeres que han sido asesinadas y/o maltratadas por violencia de género, no son casos aislados. El patriarcado es un virus que se encuentra en todos lados, tanto en espacios públicos como en privados.

No seré cómplice. No seré pasiva. No soy la Blancanieves que el príncipe salva del veneno. Soy quien canta con Mulán:

“Seré más rauda que un río bravo,

tendré la fuerza de un gran tifón.”

© Candela Sendón Cano

One Reply to “No alimentes al monstruo”

  1. El texto denuncia cualidades inherentes a Candela: seguridad, sensibilidad y valentía. Todo ello barnizado por una gran habilidad para reflejar sentimientos, esa “asignatura pendiente” en tantos jóvenes y adultos, que en ella aflora con una gran dosis de sinceridad.
    ¡Cuánto nos enseñan “nuestros chicos” !

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