MINDHALIURR

 

Hola, soy Serena, Serena Mindhas Ekkyerann, hija de Karl Mindhas, Viria Ekkyerann y de este planeta desde donde escribo. No sé quién está leyendo esto, ni dónde ni cuándo, pero poco importa. Escribo para poder leer mi historia cuando pasen más años, más de los quince que pasaron desde que embarcamos mi padre y yo en esa nave para escapar de aquel planeta, La Tierra. Un lugar hermoso quinientos años atrás, un lugar contaminado, explotado, sin cielo y dominado por una sola persona, Arkryel, dictador de la Tierra. Un lugar del que todo el mundo desea salir, y lo habrían hecho si no fuera porque se ha prohibido. También se ha prohibido a los que habían salido antes volver, pero no creo que les fastidie mucho a ellos: ¡venga ya! ¿Quién va a querer volver a la Tierra?

Pues lo que voy a contar es el día en el que los tres decidimos salir del infierno, un día en el que nos embarcamos en el “Avión de Papel”, la aeronave construida por mi padre con su amigo, del cual nunca llegué a conocer su nombre. En realidad sólo lo vi una vez, porque la segunda lo que vi es cómo un disparo de un soldado robot de Arkryel le alcanzaba el pecho y él caía al suelo para después no levantarse. Pero la primera me dijo que él saldría de allí, y no importaba si era en persona o con su nave, pero iba a salir de allí, con nosotros, y nosotros decidimos que íbamos a salir de allí con él.

Y así fue. El día en el que la nave estuvo terminada fue el día en el que embarcamos en ella… Casi todos.

En el momento en el que mi padre sacara la nave del hangar, íbamos a ser vistos, por lo que debíamos ser rápidos: encender los motores y entrar corriendo al vehículo, y quizás lo fueron, pero yo no. Tenía cinco años, si recuerdo algo de lo que estoy contando es gracias a la grabadora que tuve siempre a mi lado. No podía correr tan rápido como ellos, por lo que, al accionar los botones exteriores, mi madre y yo corrimos hacia la entrada mientras veíamos de reojo como se acercaban los cuerpos metálicos de los soldados, armados, por supuesto. En esta parte de la grabación no se entiende prácticamente nada, sólo disparos e interferencias, supongo que le di algún golpe sin querer a la grabadora, pero me acuerdo perfectamente, y me hace derramar una lágrima cada vez que escucho ese conjunto de sonidos sin sentido que salen del aparato, porque sé lo que hay detrás de ellos. Yo intentaba correr lo más rápido que podía, pero eso era muy poco, y mi madre se dio cuenta, por lo que corrió hacia mí y me cogió en brazos para llevarme a la nave. Consiguió salvarme, pero no salvarse.

La escena del amigo de papá se repetía. Un disparo la atravesó y cayó al suelo, la única diferencia es que ella sí levantó la mirada, me miró y supo que yo iba a salir de allí, por lo que sonrió y dijo:

-Ve, y no olvides nunca cómo vivir.

Nos lanzó una última sonrisa a mí y a mi padre, y bajó la cabeza.

Mi padre salió corriendo para destruir a algunos de los androides e intentar reanimarla, pero fue inútil, de modo que tuvo que cogerme a la fuerza, ya que yo no quería separarme de ella, meternos en la nave y salir de allí, con una expresión de tristeza y rabia, maldiciéndose por no haber podido salvarla. Yo mientras, miraba por la ventanilla, con la cara empapada de lágrimas, gritándole, esperando alguna respuesta.

-II-

Habíamos salido de La Tierra y nos encontrábamos en medio del espacio, rodeados de estrellas. Por la ventanilla se podía ver Marte, el planeta rojo, salpicado de grandes jardines y huertos creados para sobrevivir. Muchos emigrantes habían ido allí, pero tuvieron que abandonarlo, ya que el poder de Arkryel llegó hasta más allá del planeta… ¿azul? Poco azul se veía desde aquella nave si mirabas a la Tierra, ahora era gris, gris de varias tonalidades: del humo, de las fábricas, de las autopistas que conectaban cualquier punto del planeta…

Mi padre había conseguido consolarme, no recuerdo de qué manera, ya que de rabia había lanzado la grabadora a una de las paredes de la astronave y estuvo un tiempo sin funcionar, recuerdo vagamente que me dijo algo que no era una de esas típicas mentiras; no, era alguna verdad que logró hacerme ver las cosas de otra manera, supongo que me diría que éste era el sueño de mamá, así que debemos cumplirlo.

Una vez recuperados, debíamos buscar otro planeta al que ir, y la única herramienta que teníamos era la del teletransporte aleatorio el cual funcionaba de la siguiente manera:

Realizaba una búsqueda en la base de datos que había en La Tierra, la información de toda la galaxia. En esa base sólo se encontraba la información de la situación de los planetas a una distancia óptima de su estrella, por lo que

no podíamos aparecer ni en medio de la nada ni en un espacio demasiado caluroso o demasiado frío. Después elegía al azar entre uno de aquellos planetas, por lo que no podíamos saber cómo iba a ser, así que había que tener suerte.

Y la tuvimos.

Aparecimos ante un planeta rocoso, de un color amarillo pálido, y si se ampliaba la imagen se podía observar que era un desierto arenoso, con una arena igual que la terrestre, formada por cristales de cuarzo. También tenía pequeñas zonas de vegetación, como grandes oasis, aunque había algunos de color azulado, y lo que había allí no parecían plantas. Y lo mejor de todo: una atmósfera con prácticamente los mismos elementos que la de la Tierra: Oxígeno, Nitrógeno, Hidrógeno y Dióxido de Carbono. ¿Se puede tener más suerte?

De todas formas, decidimos aterrizar cerca de una de las zonas verdes, no queríamos arriesgarnos.

Decidimos llamarlo Mindhaliurr, de Mindhas, el apellido, “li”, que es vida en Naçdo, el idioma de nuestra parte de la Tierra, lo que hace unos años estaba formado por Norge, Sverige y Suomi, y el idioma en el que realidad estoy escribiendo, por lo que, si lo estás leyendo en otro idioma, no he sido yo quien lo ha traducido, y no sé quién lo ha hecho, y “urr”, que es una partícula que se añade al final de las palabras para darle el significado de “nuevo”. Sí, la nueva vida de Mindhas.

Comenzamos a explorarlo. Yo descubrí unas extrañas formaciones rocosas, con forma de cuerno y un río subterráneo bajo la arena. Mi padre, por su parte encontró una especie de metal, que no había visto nunca: era grisáceo, pero muy brillante y similar al platino, pero había mucho y aparecía en la superficie y con una curiosa forma rizada, por lo que aparentaba un arbusto. Lo cogió y se lo guardó en la mochila.

Poco después llegamos a la zona verde. Encontré un río y me acerqué para refrescarme, pero del agua salió un animal gigantesco, similar a un ciempiés o a una escolopendra, solo que debía medir cinco metros de largo y cincuenta centímetros de alto, por lo que supongo que respiraría de manera distinta a los insectos de nuestro planeta. Evidentemente, comencé a gritar y salí corriendo. Mi padre vino a ayudarme y disparó una bala contra el animal, la cual rebotó al impactar contra su coraza. El gigantesco miriápodo se acercó a nosotros con curiosidad, haciendo aumentar mi miedo. Después, llamó a otro exactamente igual que él, el cual venía con un dispositivo del que tocó unos cuantos botones

y después lo dejó en el suelo. Resulta que era un traductor, pues comenzó a hablar, y mientras que por el animal se oían sonidos extraños, por el aparato se oía:

– Hola, ¿de dónde habéis salido?

Mi padre se dispuso a hablar:

– Hola, somos humanos, sólo estábamos explorando.

El animal no pareció muy contento de oír eso:

– ¡Humanos! ¿Pero es que vosotros no os cansáis? Estáis en todas partes, ¿tiene algo de malo vuestro planeta?

– Bastantes cosas, a decir verdad… -Contesté yo por lo bajo-

– En fin, no importa, no está de más estudiar otra especie, somos bastante curiosos. Aunque no tanto como vosotros… ¿Y qué queréis? ¿Quedaros a vivir?

Mi padre reflexionó un poco, y al final contestó:

– Nos vendría bien, no tenemos otro sitio donde empezar nuestra nueva vida. ¿Podemos?

– ¿Vuestra nueva vida? – Su voz sonaba extrañada y burlona a la vez – En fin, por mi vale, pero estaos quietecitos, no sé cómo os las apañáis, que siempre estropeáis algo, ya sea a un individuo o a un ecosistema.

– Prometemos no estropear nada.

Los dos miriápodos nos llevaron a un lugar subterráneo, el cual era similar a un hormiguero, solo que de unas dimensiones gigantescas, y habitado por miles de aquellos animales, los cuales lo recorrían de un lado a otro.

Allí íbamos a vivir durante un tiempo acompañados por aquellos seres inteligentes con forma de escolopendra, esa iba a ser nuestra casa durante aquel tiempo. Y durante todo ese tiempo, todas las noches me quedaba mirando al cielo lleno de estrellas, mirando los cuatro satélites que rodeaban el planeta: Larendia, de color verdoso, el más pequeño de todos, Xalio, el gris, el que más me recordaba a la Luna, Grexik, rojo y Aster, el blanco y mayor de todos. También recordando a mi madre, y pensando: “voy a cumplir tu sueño”, pensando en que allí iban a suceder muchos episodios de mi vida, y leyendo

los libros de la biblioteca de los Elder, a los que yo antes llamaba animales, leyendo las frases anotadas en voz alta, para darme cuenta de la verdad que esconden.

Y sin duda, me quedo con esta:

“Mira hacia el cielo, porque allí donde estés mirando hay una nueva galaxia, un nuevo sistema, un nuevo planeta. Mira hacia el cielo, porque allí donde estés mirando hay una nueva vida por conocer”.

Y así continúa mi historia.

-Serena Mindhas Ekkyerann

© Carlos Martín Cabello

One Reply to “MINDHALIURR”

  1. La conjunción de expresividad e imaginación ha germinado en un texto encantadoramente original. Felicidades, Carlos. Tus escritos siempre denuncian a un escritor que poco tiene de novel por la gran facilidad con la que plasmas tu rica vida interior.

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