La unión hace la fuerza

 

Llegué a perder la cuenta de los días donde, simplemente, no podía. Perdí
la cuenta del número de veces que no me sentí con fuerza, que no me
sentí capaz de salir allá fuera, y me quedaba en la cama: llorándole a
alguien, dándole vueltas a algo, o básicamente, mirando el techo blanco
de mi habitación, pensando que de mí dependía si mañana volvía a ser
igual que hoy o no.

Esos días donde, simplemente, no podía, llovía. Llovía a mares, de esos
turbulentos. De esos donde la fuerza se esfuma entre la espuma de las
olas. No puedes nadar, y te conviertes en náufrago, mientras ves tus
sueños e ilusiones, todas esas cosas que te mantenían con vida, chocar
contra las rocas, también prisioneras de la tormenta. Esa lluvia fría que te
pilla sin impermeable y que, cuando miras a tu alrededor, no encuentras
un solo refugio a donde ir y ponerte a salvo, o alguien contigo que consiga
que no cueste tanto caminar por debajo de ella.

También, esos días, cogía el mando de la televisión, con pesar en cada
brazo, para ver las noticias.

Ese momento donde no sabes si llueve más fuera o dentro.

Te das cuenta, tal vez, de que las cosas allí fuera, no se hallan con mucha
más dicha que dentro de una casa que tiene las persianas bajadas, polvo
en todos y cada uno de los libros que descansan encima de estanterías,
sábanas hechas un completo desastre, en una cama con el mismo frío que
tengo yo en ausencia de ella, quien llegué a llamar sempiterno con todas
las letras; todos sabemos que se le llama sempiterno a algo, o a alguien en
este caso, que si tuvo un principio, está hecho para no tener un final.
Parece que me equivoqué. Parece que es un vocablo más peligroso de lo
que pensaba, y no sé si sonreír con el acompañamiento de lágrimas o
llorar con sonrisas como cortejo, al recordarnos definiéndonos como algo
eterno. Nunca fuimos un “ella y yo”, fuimos un “nosotras”, y la primera -y
única- persona que lloró en plural -por las dos- fui yo. Que lloró y que
llora, todos y cada uno de los días, al pensar que pudimos ser la historia
más bonita, el amor más inmortal en un libro de poesía, y todo se quedó
en un triste y frío baúl de los recuerdos, de planes que no llegamos a
cumplir, que permanece abierto, especialmente cuando es de noche.
Absorbiendo mis ganas de desanclarme. Vibrando más fuerte en mi
corazón cuando suenan las canciones más tristes en los bares. Echando
más sal en la herida cuando la veo “en línea”, cuando la veo sonreír y vivir
sin más, como si nada, cuando yo apenas río y vivo como si todo.
Desacostumbrada a un “yo después de ella.”

Sigo deseando, cada vez que dan las 17:17, un 30 de enero, regresar a ese
pueblo. Ese instante donde llegamos a esa cabaña que hicimos nuestra.
Esa cama que acabó harta de nosotras. Esa cocina que convertimos en
desastre con nuestra carencia de habilidad para guisar, y en donde
llegamos a la conclusión de que teniéndonos la una a la otra, de sobra
quedábamos saciadas.

Te percatas de que dentro, hace una tormenta brutal, pero no se queda
atrás la que está cayendo fuera.

Llueve el poder para quien es más prejuicios que persona, mientras llueve
la injusticia para quien tan sólo es uno mismo y lucha por sus derechos
como ser humano. Llegando a sentirse “un bicho raro” solo por ser como
es. Solo por salirse fuera de aquello que alguien, que maldigo sea quien
sea, decidió catalogar como “lo normal.”

Llueve insensibilidad en circos y plazas de toros. En todas las
circunstancias donde nos corroe la ceguera al ser -o creernos- seres
superiores, y no pasa por nuestra cabeza que no somos los únicos que
sentimos. Que no somos los únicos que tenemos derecho a la vida.
Llueve acoso en lugares donde se supone que se va a aprender. Donde te
deberían enseñar a valerte como persona, creer en ti y atreverte a soñar,
en vez de definir tu capacidad, inteligencia y sabiduría con números.

Llueve, día tras día, maltrato con el apellido “de género”, y también es
fuerte la tormenta cuando se atreven a llamarnos radicales al buscar un
cambio radical. Una revolución feminista que es necesaria.

Llueven personas que viven con los ojos cerrados, o peor, que los abren y
los cierran de nuevo. O peor, -si cabe- que los tienen abiertos pero se
quedan completamente impasibles.

Llueven enfermedades mortales y respuestas pasivas contra ellas para
encontrar una cura.

Llueve la ignorancia.

Llueve la religión que no respeta.

Llueve la hipocresía cuando se habla de amor y se escupe a quien lo vive a
conciencia de que eso no entiende de sexo. La tormenta es también brutal
cuando no se entiende que el sexo, no define un género. Que eso va
mucho más allá que unos genitales.

Llueve la falta de democracia. La falta de tolerancia.

Personas que hacen vida en la calle o que viven huyendo del lugar de
donde provienen, porque no se le puede llamar hogar a una tierra que
está en guerra. Que está bajo el dominio de terroristas -o gente que se les
parece.-

Llueve la falta de dignidad de muchas personas. La dignidad. Eso que
tendríamos que tener todos como algo permanente e irrompible, en lugar
de que haya tantos individuos en una lucha constante, día tras día, por
encontrarla y al fin vivir con ella.

Llueve el autotune en los hits de la actualidad y el desconocimiento para
los cantantes de las estaciones de metro, o de lugares que no son dignos
para tanto talento.

Llueve la tiranía estética. Personas que no se quieren porque viven en la
mentira de que deben responder a ella para hacerlo. Que se hacen daño
para conseguirlo, sin que haya alguien que les grite que ningún aspecto
físico, que ningún cuerpo, merece ser un insulto.

Llueven los estereotipos.

Llueve la incomprensión.

La discriminación. Olvidando que, supuestamente, todos somos
imperfectos.

Llueve. Llueve mucho. Mucho más de lo que este intento de escritora
trata de expresar en estas líneas enfadadas. Y chispean los que pelean por
ser voz y devolvérsela a los que ya no tienen. Chispea el saber que de
nosotros depende que llegue la calma.

Quiero apagar la tele y salir corriendo. Este mundo loco no es el mío. No
es el nuestro. De nada sirve sentarnos a tratar de entenderlo y seguir
siendo cómplices de toda esta lluvia.

Quizá, para lograrlo -o acercarnos a eso- vaya siendo hora de poner en
práctica ese famoso tópico que dice: “La unión hace la fuerza.”

© Candela Sendón Cano. Alicante, 8 de marzo de 2017

One Reply to “La unión hace la fuerza”

  1. La madurez del relato evidencia una mentalidad crítica que no suele darse en plena adolescencia. Además, Candela no “adolece” precisamente de recursos con los que verter su rica capacidad introspectiva, sabiamente fomentada por la lectura. Su habilidad para expresar lo que para muchos sería inefable da lugar a un texto muy gratificante para el lector, como tan expresivamente me han confirmado los alumnos de los grupos en los que se ha leído para realizar un trabajo sobre él.
    Pese a ello, y, por supuesto, porque le sobra capacidad, la he alentado para que experimente con otros puntos de vista narrativos que, sin duda, abonarán su, ya de por sí, fértil talento literario. ¡Que siga deleitándonos con sus textos durante muchos años!

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