La homeopatía no es lo que dice ser. Capítulo I

O por qué la homeopatía no funciona (se diga lo que se diga)

 

En un lamentable artículo plagado de errores y prejuicios injustificados, la, habitualmente cabal e inteligente, escritora Rosa Montero escribe sobre la homeopatía:

¿No les choca la repentina obsesión científica que le ha entrado a nuestra, en general, acientífica sociedad para denunciar la homeopatía? Llevamos meses de un machaque tan orquestado y pertinaz que no puede ser casual. Me parece bien advertir del peligro de usar sólo homeopatía, pero alucina ver tanta furia contra una práctica barata y desde luego inocua, mientras que los muertos por efectos secundarios de las medicinas alopáticas son un goteo constante: en España triplican a las víctimas de tráfico.

Rosa Montero: Consumidores engañados y cautivos.

Si desean un análisis en profundidad de este artículo y de todas las inexactitudes y falsedades que contiene, solo tienen que teclear en Google su título y el nombre de la autora. Incluso encontrarán una entrada del blog de la defensora del lector de El País en el que le da un “cariñoso tirón de orejas” a la escritora.

Aparte de eso, yo me siento aludido. Yo formo parte de ese machaque, puede que pertinaz, pero desde luego no orquestado. No me he puesto de acuerdo con nadie. No me paga ninguna poderosa industria. No obtengo ningún beneficio directo o indirecto. Simplemente, soy profesor de Física y Química y me subleva ver cómo se engaña a los consumidores con una práctica fraudulenta y absolutamente acientífica.

Pero es que, además, la homeopatía no es ni barata ni inocua. Para empezar ¿qué significa barata? Desde luego, cuesta menos dinero que una intervención quirúrgica, pero el precio debería considerarse como contrapartida a un servicio y la homeopatía no ofrece ninguno más allá de un “cura sana, culito de rana. Si no curas hoy, curarás mañana. Y si no, pasado mañana”. Por increíble que parezca, lo del “cura sana…” funciona. ¿Qué padre no lo ha usado alguna vez, con éxito, para calmar el llanto de su hijo? Bueno, pues eso y no otra cosa, es el efecto placebo.

Y así es como funciona la homeopatía. ¿Se imaginan que tuvieran que pagar cada vez que repiten el mantra del dichoso “culito de rana”? Nadie lo haría. Todos pensaríamos que es un abuso y buscaríamos otra manera de conseguir que nuestro hijo deje de llorar. No sé, ponerle una tirita de Disney, soplar en la herida, comprarle un helado…

Sin embargo, si el texto alusivo al ano del batracio se expidiera en farmacias y lo recomendaran médicos titulados, habría quién pagaría gustoso unos cuantos euros por el derecho de poder usarlo. Los mismos que pagan por la homeopatía. Porque lo que se paga es el derecho a usar el producto homeopático. Ese producto se lo puede preparar usted en casa sin ningún problema y sin pagar a nadie: coja usted un vaso, acérquese al grifo que tenga más cercano y llénelo con el agua que de él salga. Et voilà, ya tendrá usted un remedio homeopático para la dolencia que desee. Eso sí que es barato. Cualquier precio que se pague por un producto homeopático, que no contiene más que agua y, si acaso, excipientes, es desorbitado. Así es que, de barato, nada.

¿Inocua? Pues depende. Si tiene usted una de esas enfermedades que se curan solas (un elevadísimo porcentaje, no se vaya a pensar. Para empezar, todas las víricas que se curan), entonces no pasa nada porque se tome un remedio homeopático. De hecho, eso es lo que pasa: nada. Al cabo de un tiempo usted se habrá curado y dirá: “Pues a mí (o a mi tío, o a mi vecina, o a uno que pasaba por aquí) la homeopatía me (o les) ha funcionado”. No será verdad, pero usted se lo creerá y se lo hará creer a otros. Sin embargo, si tiene una enfermedad sería que requiere un tratamiento eficaz y lo abandona para seguir un supuesto tratamiento homeopático, lo que le puede pasar es que se muera usted como le pasó al niño italiano que murió en mayo pasado por tratar una otitis con homeopatía rechazando un tratamiento convencional.

Estatua de Franz Kafka llevando sobre los hombros a su padre cerca de la sinagoga española de Praga (Španělská synagoga) en el barrio judío

Con todo, lo más doloroso del artículo de Rosa Montero es la afirmación de que “los muertos por efectos secundarios de las medicinas alopáticas son un goteo constante: en España triplican a las víctimas de tráfico.” Sinceramente, me parece repugnante que una persona de la cultura y la inteligencia de Rosa Montero diga eso. No sé si la estadística es cierta o no. Me da absolutamente igual. Pero lo que sí resulta es sesgada.

Para empezar, los muertos por accidentes de tráfico son personas sanas que, de pronto, y sin motivo justificado, se topan con la muerte. En cambio, las personas que mueren por efectos secundarios de medicamentos, son personas en situación terminal a las que, a la desesperada, se les aplica un tratamiento a sabiendas que puede causarle una muerte que será segura si no se le aplica. ¿Cómo puede comparar ambos casos?

Por otro lado, se olvida Rosa Montero de los millones de personas que cada día, y gracias a la medicina que ella llama alopática, salvan sus vidas y tienen una nueva oportunidad. Se olvida de que gracias, entre otras cosas, a la medicina alopática, la esperanza de vida de los españoles ha pasado de casi 36 años en las mujeres y cerca de 34 en los hombres en 1900 a casi 86 en las mujeres y algo más de 80 en los hombres en 2016.

Hace unos días una compañera me relataba el caso de una sobrina suya. Mientras estaba en el vientre de su madre se le detectó una anomalía cardíaca que, normalmente, debería haberla matado sin que hubiera podido llegar a la pubertad. Sin embargo, a los pocos días de nacer todo estaba preparado para hacerle una intervención quirúrgica que salvó su vida. Ahora mismo, la niña, ya crecidita, corre y juega con sus amigos sin sufrir lo más mínimo. O, al menos, no más que ellos.

Creo que la medicina convencional se merece el mayor de nuestros respetos. Si –¡El destino no lo permita!– Rosa Montero tuviera un gravísimo accidente de tráfico, estoy seguro de que preferiría un equipo del SAMU con sus medicamentos alopáticos y sus posibles efectos secundarios, a un homeópata con sus remedios diluidísimos.

Como con otras cosas, pienso que la homeopatía es una dolencia de las sociedades avanzadas. Los que tenemos de todo nos podemos permitir malgastar nuestro dinero en estupideces. Pero, permítanme un juego. A usted le sobra algo de dinero y decide aportar una generosa cantidad a una ONG que opere en los países menos favorecidos del orbe. Por favor, marque mentalmente la casilla de la ONG de su elección:

Médicos sin fronteras
Homeópatas sin fronteras
Acupuntores sin fronteras
Médicos chinos tradicionales sin fronteras
Terapeutas Reiki sin fronteras
Terapeutas de flores de Bach sin fronteras
Cualquier otra que se le ocurra sin fronteras

Y es que, mientras estamos sanos, podemos permitirnos el lujo de despotricar contra lo único que de verdad nos puede curar. Pero cuando la necesidad aprieta, hay que ser muy loco para apostar por lujos asiáticos ¿no les parece?

Habrán notado que el título de esta entrada incluía un “Capítulo I”. Pues bien, es mi intención publicar una serie de entradas explicando los motivos de mi pertinacia. El siguiente será una copia prácticamente exacta de una entrada que publiqué hace unos días en Facebook. Lo adelanto para que no se aburra volviéndola a leer. Pero si no lo hizo, nos vemos en el Capítulo II.

Hasta pronto.

© Nacho Sendón. Alicante, 3 de agosto de 2017

2 Replies to “La homeopatía no es lo que dice ser. Capítulo I

O por qué la homeopatía no funciona (se diga lo que se diga)

  1. Ardua tarea la tuya, al combatir lo que, en mi humilde opinión como filóloga, se ha convertido en un “mito”, y – reconozcámoslo – toda cultura cuenta con ellos, teniéndolos por saberes acreditados. Perviven, precisamente, debido a su temática, pues dan respuesta a los grandes temas de la existencia: cuál es nuestro destino, por qué existimos, qué hay tras la muerte, quién creó el mundo,… El ser humano necesita ese consuelo, y más una sociedad como la actual, en la que -¡Apovecho la ocasión!- tan poco se valora la educación y la cultura ( del latín “cultivo”) humanística, que induce a la apertura de la conciencia crítica mediante la educación “liberal” ( la “paideia” griega unía los dos conceptos: educación y cultura ), puesto que “libera” la mente de prejuicios y creencias comúnmente aceptadas.
    En suma, creo que el inmerecido auge de ese “mito” homeopático es una consecuencia más del actual menosprecio a la cultura, incluyendo a las materias humanísticas, grandes aliadas para la vida digna, engendrando así una sociedad servil que desconoce el sentido crítico y tiende al fanatismo.

  2. Clemente Moltó Borreguero dice: Responder

    Te hubiera gustado (y cuando digo gustar me refiero a horrorizar) el medicamento homeopata que le recetó la médico de urgencias del IMED a mi hijo (con su máster en homeopatía como nos hizo saber por si teníamos miedo que nos atendiera una incompetente). Por supuesto dicho medicamento que vendian en una farmacia no era más que una mezcla de varios principios activos de hierbas medicinales. Llevado de la curiosidad me puse a leer el cuadro médico de las compañías de seguros médicos a las que muchos profesores estan inscritos y sí, ofertan “terapias alternativas” y como no “homeopatia”. Parece ser que esto es una batalla perdida. A la gente le sigue gustando la magia antes que la razón. Para concluir recordaré un episodio de los simpsons en el que en una excavación encuentran lo que parece el fósil de un ángel, desatando una oleada de disturbios y ataques contra todo lo cientifico, hasta que Moe, el dueño del bar, participando en uno de esos tumultos con proclamas contra la ciencia sufre un accidente y se le quebra la columna y pasa a sollozar que lo lleven a un hospital para que la ciencia médica lo cure.

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