Por desgracia, una más

Lo conocí una noche de sábado, en una discoteca. Pese a que los dos estábamos borrachos, fue la noche más romántica de mi vida, de mi antigua e idealizada vida.

Al principio de nuestra relación, él se mostraba soso, distante, no muy cariñoso. Poco a poco, empezó a venir a verme más a menudo; estaba constantemente pendiente de mí; se preocupaba por su princesa; era todo un amor. Quería verme feliz, y siempre quedaba conmigo a todas horas para ir al cine, a dar un paseo…No llevaba muy bien las relaciones a distancia, y siempre estaba hablándome por Whatsapp, quería saber qué estaba haciendo y con quién, para asegurarse de que estaba bien, y, si tardaba en contestarle, venía tan rápido como podía a ver por qué no podía contestar, por si estaba en peligro. Siempre decía que me quería. ¡Y cuanto me quería!

Pero, si de verdad me quería, ¿por qué se ponía tan furioso cuando estaba con alguien que no fuera él? ¿A qué venían tantos controles e interrogatorios constantes sobre todo lo que había hecho y con quién durante los pocos ratos que no estaba con él? Eran interrogatorios que desconfiaban de mis respuestas. ¿Y qué hay de todos los comentarios machistas o posesivos con los que acababa cada frase cuando hablaba conmigo? Y la cosa no quedó en eso. Empeoró.

Ahora, tras muchos ingresos hospitalarios, tras muchos “lo hago porque te quiero”, y con… ese monstruo en el lugar que se merece, mi mente idealizadora se ha dado cuenta de la realidad: de que eso no era amor.

Una respuesta a “Por desgracia, una más”

  1. No debe de ser fácil ponerse en la piel de una víctima de violencia de género, por lo que me parece muy valiosa la exposición de sentimientos contradictorios procedentes de una mente que, admitiéndolos, empieza a salir del túnel. Conocemos la conducta patológica del agresor mediante las amargas evocaciones de la víctima, que se cuestiona lúcidamente el sentido que del amor tiene su pareja.
    Alerta, que AMOR y LIBERTAD son conceptos dependientes. Gracias por recordarlo, Miquel.

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